El porqué de esta premisa es que se hundiría bajo la acción de su propio peso, a menos que cambiásemos sus proporciones relativas. Esto ocurre por algo que ya descubrió el matemático griego Arquímides: si multiplicas por dos el tamaño de un hombre, su superficie aumentará proporcionalmente al cuadrado de sus dimensiones lineales, o sea, cuatro, y su volumen será proporcional al cubo de las mismas, ocho.